El Triunfo de Petro

 

Por: Atilio Alberto Peralta Merino

En la caseta de entrada a la célebre “Catedral de Sal” de Zipaquirá se presenta, o se presentaba al menos, hace algunos años, una interesante muestra arqueológica del sitio dentro del que destacaba una bella vasija esculpida de composición y que, para sorpresa de un visitante neófito, resulta que arroja marcada influencia maya al decir de los estudiosos.

Hasta donde entiendo, el desempeño de Gustavo Petro como concejal de ese pintoresco poblado que, dicho al margen, es la locación de la impactante cinta de Alí Triana “Edipo Alcalde”; fue a una edad muy temprana, previa incluso a su incorporación a la guerrilla del “M-19”.

Visité el país durante los aciagos días del mandato de Álvaro Uribe, me impresionó el hecho de que un militar se encargase de revisar minuciosamente a todo aquel que quisiera ingresar a una plaza comercial situada en las cercanías de legación diplomática mexicana, erigida en el casco de una de las antiguas haciendas que describiera Jorge Isaac en su novela “María”.

Eran los días en que se implementaba la política de la denominada de la “seguridad democrática” enmarcada en el “Plan Colombia”, y no resultaba para nado desproporcionado imaginar que, después de un registro personal de tal envergadura ante una situación tan inocua, cualquier conflicto social por tenue que pudiese parecer, trajese aparejada la existencia de “falsos positivos”.

Poco tiempo después, por alguna extraña circunstancia llegó a mi correo electrónico un mensaje del “Banco del Pacífico” de Guayaquil, me llamó poderosamente la atención en el momento, el nombre de la institución homónima de la que había existido en México a cargo de inversionistas sonorenses de apellido Valenzuela y que fuera la primera de las instituciones canceladas dado la infiltración de fondos ilícitos que terminaron por desbordar a la institución a principios de los años 80.

Ignoraba por supuesto la relación de dicho banco con Jamil Mahuad, quién fuera presidente de Ecuador y a cuya sombra, prosperaría políticamente el presidente Laso hoy puesto en picota debido a su infinita torpeza.

Afloró en ese momento una investigación sobre lavado de activos de Gustavo Petro a la sazón senador en una primera ocasión en la que resultaban involucrados sujetos cercanos al mandatario Uribe.

Entré en contacto con el senador Petro con quién sostuve algunos breves pero interesantes intercambios epistolares, incluso le llegue a inquirir sobre un título clásico de la historiografía latinoamericana: “La Historia de las Revoluciones de la Nueva Granada” de José Manuel Restrepo, a lo que el hoy presidente electo me respondió con magistral desenfado: “ ni idea Peralta”.

Robert S. Kaplan, consultor del portal Stratford- la CIA del sector privado-, y hombre vinculado al ejército de Israel , señala que “El Plan Colombia” modificó por completo el paradigma militar en occidente después de las “Guerras de los Balcanes” de los años 90, curiosamente, pese a la invocación constante de la existencia en el territorio de Colombia de nueva cuasi- bases norteamericanas, un hombre informado a fondo como lo es el periodista Gerardo Aristizabal, gentilmente me desmentiría ante tal afirmación, lo cual abre una interesante interrogante a ser desentrañada; por lo demás, el interés de Kaplan en la situación colombiana reviste una especial importancia.

Las llamadas autodefensas han estado vinculadas a la “ United Fruit” desde la célebre masacre de las bananeras en 1929, denunciadas entonces por el senador Jorge Eliecer Gaytán, y de las que da cuenta cabal García Márquez en “Cien Años de Soledad”, estando dicha firma así como su actual causahabiente “Chiquita Brands”, estrechamente ligada a intereses sionistas desde su fundación magistralmente descrita por el novelista John Dos Passos en “Paralelo 42”; no en balde, bajo “El Plan Colombia” se llegó a señalar que dicho país fungía como “el Israel de la zona”.

El triunfo electoral de Gustavo Petro obligará a replantear muchas de las aristas en juego, buen egresado de la “Universidad Javierana” de Bogotá, guarda una relación cercana con nuestro amigo el Comandante Francisco Arias Cárdenas, actual embajador de la República Bolivariana de Venezuela en nuestro país, y es de preverse que las tensiones fronterizas se distiendan notablemente.

La toma del Palacio de Justicia a mediados de los años 80 se erige en un auténtico hito para estudioso del Derecho Público en el sub continente americano, al respecto, el presidente electo ha sido enfático en señalar que, lejos de lo que se afirma en la tinta que ha corrido desde entonces, jamás se ha acreditado el financiamiento de Pablo Escobar a dicha acción , la misma que, por lo demás, le es del todo ajena , ya que, cuando se llevó a cabo, se encontraba preso y bajo custodia de las autoridades militares colombianas.

Por lo demás, la negociación de paz del “M-19” desembocó en una asamblea constituyente, cuyas sesiones se desarrollaron en medio de acciones terroristas de toda índole tal y al como al efecto lo narra Gabriel García Márquez en un formidable reportaje : “ Noticia de un Secuestro”, nunca, de manera tan palpable, resultaba patente la tesis que expusiera Ferdinand Lassalle en su conferencia : “¿Qué es una Constitución?”.

“La Constitución real es la suma de los factores reales de poder de una sociedad, la escrita, es una carta de papel”, parafraseando a Lassalle, podríamos decir que : “una asamblea que decidiera consignar la extradición de nacionales a solicitud de la justicia extranjera”, “contaría con que habría de enfrentar la capacidad de sabotaje terrorista del Cártel de Medellín”.

Pese a ello, la Constitución de 1991 es uno de los documentos claves del Derecho Constitucional comparado en el continente, incluso con las manifiestas falencias de las que adolece y de las que da magistralmente cuenta el jurista Álvaro Etcheverry Urruburu; no sólo estudioso profundo del tópico en cuestión , sino que, incluso, legislador integrante de la constituyente.

Documento cuyo contenido social derivaba en un terrible contraste entre la normatividad que ostenta y la practica política del uribismo enquistado en el “Plan Colombia”, abriéndose apenas una posibilidad de plena reivindicación de la normatividad vigente, con la reciente victoria electoral de Gustavo Petro.

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