EN LAS NUBES. La epopeya sobre el tren

 

Carlos Ravelo Galindo, afirma:

Qué les parece que dejemos a los políticos discutir barbaridades. Mejor hablar del ferrocarril. Y no precisamente del Maya.

Hemos aprendido nosotros a través del tiempo utilizar la cultura, y sapiencia de otros escritores y difundirla con orgullo.

        Obviamente con la integridad de dar a conocer los nombres de sus autores.  

De la Biblioteca Asociación de Diplomáticos Escritores de los diplomáticos en retiro, cuyo rector es el embajador emérito Antonio Pérez Manzano tomamos un texto de su colega Leandro Arellano que le llama el tren y el tiempo.

El ferrocarril no ha muerto –predijo José Emilio Pacheco hace cuarenta años- y en vez de ser nostalgia es esperanza. “La de los ferrocarriles ha sido una de las invenciones más dichosas de la humanidad.

La aparición del ferrocarril causó un impacto inmenso a nivel mundial y una vez reconocido el portento y su significado, se tornó febril su construcción en varios países.

Como fecha de nacimiento se ha generalizado la del trayecto realizado por la locomotora de vapor que corrió de Liverpool a Manchester, en abril de 1830. A Inglaterra le siguieron Francia, Alemania, Canadá y otras naciones.

En España –cuenta Azorín-, el primer ferrocarril corrió de Barcelona a Mataró en 1848.

El escritor alicantino se tornó aficionado: “Nada más cómodo que viajar en tren”, anota en su libro Castilla.

Su historia puede remontarse a la invención de la rueda. Miles de años requirió su evolución, hasta ser impulsada por vapor en esas abrumadoras máquinas cuyos bufidos entusiasmaban al Duque Job.

Al vapor, años después, le sucedió el diésel, combustible que van relegando ahora la electricidad y otras energías naturales insospechadas.

Con la complicidad y el apoyo de la tecnología, la epopeya del tren sigue su marcha.

Tirada la procesión de vagones por una de esas remolonas locomotoras diésel, hace unos años, hicimos el trayecto Trieste – Viena, en doce largas horas en un coche semivacío.

Años más tarde, en una azarosa combinación realizamos el trayecto París – Burdeos – Santiago de Compostela y viceversa, mezclando rutas y locomotoras, en caravanas de coches amplios y cómodos y furgones multifacéticos, uncidos a esas máquinas ágiles y poderosas, que incluían pasaje y carga.

En la actualidad casi en todas partes las locomotoras diésel han sustituido –o falta poco- a las de vapor.

El tren y el tiempo. La catadura de todas las horas y los días parece la misma. La evocación de los trenes va con nosotros asociada a una invasión de melancolía. El tiempo no pasa en vano.

Una novedad arribó con la creación de ferrocarriles más modernos, que a su vez desplazarán a los de diésel: los trenes de alta velocidad (TAV).

Impulsados por electricidad alcanzan más de cuatrocientos kilómetros por hora. Nuestra experiencia ha transitado las rutas París – Ginebra; París – Londres; París –Bruselas; Seúl – Pusán; Tokio – Osaka y viceversa.

La de los trenes como industria de servicio de transporte público no ha sido cultivada en México a plenitud.

Algunos intentos se ensayaron durante el porfiriato y más intensamente -por otros motivos- durante los fragores de la Revolución.

Los ferrocarriles y la Revolución son indisolubles, escuché decir hace poco en la radio a un reconocido historiador.

“El águila y la serpiente” –la formidable obra de Martín Luis Guzmán- es también un libro de viajes y aventuras, nos recuerda una relectura de José Emilio Pacheco.

Caminos y vías son tan indispensables para la unidad de una nación, como arterias y venas lo son para el cuerpo humano.

El número de naciones que impulsan ese transporte como instrumento principal de la movilidad de la población, va en aumento.

Por qué en México no se ha previsto –construido ya, estamos en retraso- líneas de trenes de alta velocidad de la CDMX a las capitales circunvecinas: Querétaro, Pachuca, Puebla, Toluca y Cuernavaca, para comenzar.

Resulta más costoso y demandante la construcción y mantenimiento de carreteras y la compra de camiones pesados, que el desarrollo de los ferrocarriles.

Estos beneficiarían a: la población local a lo largo del trayecto, a los usuarios, al tráfico de autos, al medio ambiente, a la economía nacional y a la creación de empleo e infraestructura.

Ni qué decir si se construyera una red de vías y corridas a los puntos vitales de las rutas extremas del país: Tijuana, Ciudad Juárez, Tampico, Veracruz, Guadalajara, Manzanillo, Acapulco, Salina Cruz, Tapachula y Mérida…

El ferrocarril no ha muerto –predijo José Emilio Pacheco hace cuarenta años- y en vez de ser nostalgia es esperanza.

Hay naciones cuya movilidad es inconcebible sin los ferrocarriles –de vapor o diésel- como India.

Otras rápidas, eficientes y relajadas, con rutas adornadas con los colores y la variedad del paisaje, como Holanda. La sensación de que el tiempo es infinito no nos daba cuartel, una temporada cuando viajábamos en los trenes de este mundo.

La noción del desarrollo es independiente del tiempo que consumen en perfeccionarse los objetos que lo simbolizan. La literatura abunda en tramas de trenes.

En El águila y la serpiente, unida a la tersa prosa narrativa de Martín Luis Guzmán, se halla una crónica del protagonismo que tuvieron los ferrocarriles durante los años de la Revolución.

Los Hermanos Casasola fotografiaron aquellos trenes, los ferrocarriles en que se hizo la Revolución.

Más de un siglo ha transcurrido y una sensación de nostalgia flota todavía en la multitud de corridos que tienen como motivo a los ferrocarriles.

El cine también ha sido pródigo en la factura de películas cuyo protagonista o actor destacado es el tren.

Quién no recuerda el documental de los hermanos Lamiere (La llegada de un tren a la estación de la Ciotat, 1895).

El tren (Arthur Penn, 1964)

El expreso de Von Ryan (Mark Robson, 1965).

Érase una vez en el oeste (Sergio Leone, 1968)

Asesinato en el Expreso de Oriente (Sídney Lumet, 1974),

Y El tren del escape (Andréi Konchalowsky, 1985), por citar algunas.

La sensación que provoca viajar en distintos medios tiene marcadas preferencias y rechazos.

Hay quien se estremece con pavor reverencial por viajar en avión.

Otros temen al mar y prefieren quedarse en tierra.

Mas casi nadie rehúsa el tren o el autobús.

La razón se ubica en el terreno de las creencias.

Una amiga lo explica así: “Al viajar en tren o en autobús nunca nos despegamos de la tierra… Volar en avión es anormal”.

Como fuere, el imperativo del viaje nos induce a montar en cualquiera de esos aparatos. Cada viajero elige el medio propio. El progreso tecnológico no ha acabado aún.

Viajar puede ser otra forma de felicidad.

“Estos viajes que me sacuden la pereza, aprovechan tanto a mi salud como a los estudios”, puedo repetir con Séneca.

Pero igual, mi afición a los griegos me hace tener presente que en todo viaje –mi primera opción es el tren- hay el riesgo de un tramo de mal camino, o de que el exceso de velocidad distorsione la contemplación del paisaje o nos provoque mareo.

Leandro Arellano, el autor es diplomático y escritor mexicano

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